Las guerras, las tensiones entre potencias y el endurecimiento de fronteras obligan al sector turístico a incorporar el riesgo geopolítico a su estrategia y a diversificar mercados.
Durante décadas, el turismo internacional creció apoyado en una premisa que parecía consolidarse progresivamente: el mundo sería cada vez más abierto. La expansión de la globalización, la liberalización aérea, la reducción de visados, el crecimiento de las clases medias y una relativa estabilidad entre las grandes potencias permitieron multiplicar los viajes internacionales. Esa etapa está cambiando. Guerras, rivalidad entre Estados Unidos y China, sanciones económicas, nuevas políticas migratorias, tensiones comerciales y una creciente fragmentación internacional están modificando el mapa sobre el que se mueve una de las industrias más globalizadas del planeta.
El turismo no puede aislarse de la geopolítica. Una frontera que se cierra, un espacio aéreo que deja de utilizarse, una sanción económica, una ruptura diplomática o un cambio en los requisitos de entrada pueden modificar en cuestión de semanas flujos construidos durante años. El sector entra así en una nueva etapa en la que empresas y destinos tendrán que incorporar el riesgo geopolítico a decisiones que anteriormente dependían principalmente de precios, conectividad y atractivo turístico.
El final del turismo de la globalización
El gran crecimiento turístico de las últimas décadas fue inseparable de la globalización.
La aviación conectó prácticamente todos los continentes, los acuerdos internacionales facilitaron desplazamientos y millones de personas incorporaron el viaje al extranjero a sus hábitos de consumo.
Europa llevó esa lógica todavía más lejos mediante Schengen. Viajar entre numerosos países europeos pasó a parecerse progresivamente a desplazarse dentro de un mismo Estado.
El turismo fue uno de los grandes beneficiarios de aquel mundo.
Pero la integración internacional ya no avanza en una única dirección.
Las fronteras vuelven a adquirir importancia. Los gobiernos aumentan controles migratorios, las tensiones internacionales dificultan determinados desplazamientos y la seguridad nacional condiciona decisiones económicas que anteriormente respondían casi exclusivamente a criterios comerciales.
El turismo tendrá que aprender a crecer dentro de una globalización mucho más fragmentada.
Las guerras redibujan las rutas
Los conflictos armados producen el impacto más evidente. La guerra de Ucrania transformó profundamente los flujos turísticos de Europa oriental y alteró las conexiones aéreas entre Europa y Asia. El cierre de determinados espacios aéreos obligó a numerosas compañías a modificar rutas, aumentando distancias, tiempos de vuelo y costes. Oriente Próximo constituye otro ejemplo. Cada escalada militar puede provocar cancelaciones, cambios de itinerarios y reducción inmediata de reservas, incluso en destinos alejados físicamente de las zonas de combate.
La percepción resulta tan importante como la distancia. Para un viajero situado a miles de kilómetros, diferentes países de una misma región pueden percibirse como parte de un único espacio de riesgo, aunque la realidad sobre el terreno sea muy distinta. Esto obliga a los destinos a gestionar no solamente seguridad, sino también reputación. Una crisis geopolítica puede afectar al turismo mucho antes de que exista una amenaza directa para los visitantes.
Estados Unidos y China: turismo entre dos potencias
La rivalidad entre Estados Unidos y China representa probablemente la transformación estructural más importante del sistema internacional. Sus efectos turísticos pueden ser considerables. China constituye uno de los mayores mercados emisores del mundo, mientras Estados Unidos continúa siendo uno de los principales destinos internacionales y una enorme fuente de viajeros. Una intensificación de las tensiones puede afectar a visados, conexiones aéreas, inversiones hoteleras, sistemas de pago y decisiones individuales.
El turismo puede convertirse incluso en instrumento indirecto de presión política. Los gobiernos disponen de capacidad para recomendar o desaconsejar determinados destinos, modificar procedimientos de visado o restringir conexiones. Cuando el mercado emisor tiene decenas de millones de viajeros, esas decisiones poseen un impacto económico extraordinario. Los destinos deberán evitar depender excesivamente de un único país, por atractivo que resulte su volumen potencial.
Visados y fronteras recuperan protagonismo
La facilidad para atravesar fronteras constituye uno de los principales determinantes del turismo internacional. Durante años, muchos países compitieron precisamente eliminando visados o simplificando su tramitación. La seguridad y la inmigración están introduciendo ahora una tendencia parcialmente diferente.
Nuevos sistemas electrónicos de autorización, controles biométricos y procedimientos de identificación previa transformarán progresivamente la experiencia fronteriza. La tecnología puede simplificar algunos procesos, pero también aumenta la capacidad de los Estados para decidir quién puede viajar y bajo qué condiciones.
Las diferencias diplomáticas pueden traducirse rápidamente en restricciones. El pasaporte vuelve así a convertirse en un indicador geopolítico. La libertad de movimiento de un viajero dependerá cada vez más no solamente de su capacidad económica, sino también de las relaciones existentes entre su país y el destino.
La conectividad aérea se vuelve estratégica
La aviación es probablemente el sector turístico más directamente expuesto a la nueva geopolítica. Las rutas internacionales atraviesan espacios sometidos a decisiones soberanas. Cuando un espacio aéreo se cierra, la compañía debe desviarse, asumir mayores costes o cancelar la conexión. Esto puede modificar incluso la competitividad entre aerolíneas.
Una compañía obligada a realizar rutas más largas puede encontrarse en desventaja frente a otra autorizada a atravesar determinados territorios. Los grandes hubs adquieren también una dimensión estratégica. Estambul, Dubái, Doha, Abu Dabi o Singapur no son únicamente aeropuertos de conexión. Forman parte de estrategias nacionales destinadas a convertir determinados países en nodos esenciales de los flujos mundiales.
La geografía turística se organiza cada vez más alrededor de estos corredores. Para España, mantener conexiones diversificadas con Asia, América, África y Oriente Próximo será fundamental para reducir vulnerabilidades.
Sanciones que también afectan al viajero
Las sanciones internacionales constituyen otra herramienta con consecuencias turísticas. Restricciones financieras pueden dificultar pagos internacionales, utilización de tarjetas, contratación de servicios o funcionamiento de empresas turísticas. Las limitaciones aéreas pueden prácticamente eliminar determinados mercados emisores de algunos destinos.
El sector descubre así que una sanción diseñada para presionar económicamente a un gobierno puede terminar afectando a hoteles, aerolíneas, agencias y comercios situados a miles de kilómetros. Las empresas internacionales deberán aumentar su capacidad para interpretar regímenes de sanciones cada vez más complejos. El cumplimiento normativo se convierte también en una cuestión turística.
Destinos que ganan cuando otros pierden
La geopolítica no solamente destruye flujos. También los redistribuye.
Cuando un destino se vuelve inseguro, complicado o políticamente inaccesible, los viajeros buscan alternativas.
Países percibidos como estables pueden beneficiarse considerablemente.
España posee en este sentido una ventaja estructural. Forma parte de la UE y la OTAN, dispone de elevada seguridad, buenas infraestructuras y una industria turística madura.
Pero esa posición no garantiza automáticamente los flujos.
Otros destinos mediterráneos, latinoamericanos o asiáticos competirán por captar a los viajeros desplazados por las nuevas circunstancias internacionales.
La capacidad para reaccionar rápidamente ante cambios en los mercados será cada vez más importante.
Las empresas turísticas necesitan inteligencia geopolítica
La transformación afectará también a la gestión empresarial.
Una gran compañía hotelera que decide dónde abrir establecimientos durante los próximos veinte años ya no puede analizar solamente crecimiento económico, demanda turística y rentabilidad prevista.
Debe considerar estabilidad política, relaciones internacionales, riesgo de sanciones, seguridad energética, evolución de las divisas y posibilidad de conflictos.
Lo mismo sucede con las aerolíneas al diseñar redes de largo radio o con los grandes grupos turísticos al seleccionar mercados prioritarios.
La geopolítica entra progresivamente en los consejos de administración.
Para las empresas globales, comprender las relaciones internacionales puede convertirse en una ventaja competitiva comparable al conocimiento del consumidor.
España ante un turismo más político
España se encuentra en una posición especialmente interesante.
Su industria turística depende fuertemente de Europa, pero también mantiene una creciente exposición a mercados americanos, asiáticos, africanos y de Oriente Próximo.
La diversificación seguirá siendo necesaria.
Cuanto mayor sea la fragmentación internacional, más arriesgado resultará depender excesivamente de unos pocos mercados emisores.
España dispone además de una posición geográfica excepcional entre Europa, África y América, pero esa misma localización la sitúa cerca de algunas de las principales tensiones geopolíticas del Mediterráneo.
Migración, norte de África, seguridad energética y estabilidad del Sahel pueden tener consecuencias indirectas sobre el turismo español.
La política exterior y la política turística estarán cada vez más conectadas.
Viajar seguirá siendo global, pero será diferente
La fragmentación geopolítica no significa el final del turismo internacional.
La voluntad de viajar continúa aumentando y las nuevas clases medias de Asia, África y otras regiones incorporarán millones de nuevos turistas durante las próximas décadas.
Pero el escenario será menos previsible.
Los flujos podrán cambiar más rápidamente, algunas rutas serán más vulnerables y las relaciones entre gobiernos influirán cada vez más sobre las decisiones empresariales.
El turismo nació como una de las expresiones más visibles de un mundo abierto. Ahora tendrá que demostrar que también puede prosperar en un mundo caracterizado por rivalidades, bloques y fronteras que recuperan importancia.
La gran transformación consistirá en pasar de gestionar principalmente la demanda a gestionar también la incertidumbre.
Destinos y empresas que incorporen el riesgo geopolítico a su planificación estarán mejor preparados para anticipar crisis, diversificar mercados y aprovechar los nuevos flujos.
Porque los turistas seguirán viajando.
Lo que está cambiando rápidamente es el mapa político que tendrán que atravesar para hacerlo.
CLAVES
Contexto: Guerras, rivalidad entre grandes potencias, sanciones, controles fronterizos y nuevas políticas de seguridad están modificando las condiciones que permitieron varias décadas de fuerte expansión del turismo internacional.
Implicaciones: La geopolítica afecta directamente a rutas aéreas, visados, pagos, inversiones y mercados emisores. Empresas y destinos deberán reducir dependencias excesivas y considerar el riesgo político dentro de sus decisiones estratégicas.
Perspectivas: El turismo internacional continuará creciendo, pero lo hará en un escenario más fragmentado e imprevisible. España puede beneficiarse de su estabilidad y posición geográfica, aunque necesitará diversificar mercados y reforzar su capacidad para adaptarse rápidamente a los cambios globales.
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