CAPÍTULO 13
Turismo y política: una de Estado
«El turismo no es solo un fenómeno económico: es una decisión política, una visión de país y, sobre todo, una forma de decirle al mundo quiénes somos».
Manuel Fraga Iribarne,
Ministro de Información y Turismo (1962- 1969)
El turismo español, ese milagro que transformó pueblos en ciudades, marinos en empresarios y sueños en destinos, no nació de la casualidad ni del clima. Nació de la voluntad de muchos y también de decisiones políticas que supieron convertir una oportunidad en estrategia de país: leyes, campañas de promoción, acuerdos internacionales y una visión de futuro que fue creciendo con el tiempo.
España no se hizo turística porque tuviera sol —eso lo tienen muchos países—, sino porque hubo quienes supieron ver en ese sol una fuente de futuro.
A lo largo de más de un siglo, gobiernos de distinto signo, monarquías, dictaduras y democracias han tomado decisiones que, directa o indirectamente, han moldeado el desarrollo turístico del país. Algunas fueron visionarias; otras, fruto de la necesidad o de las circunstancias históricas. Pero todas ellas contribuyeron a construir una realidad que hoy parece natural: la de una España abierta al mundo, capaz de recibir a millones de visitantes cada año y de convertir su cultura de acogida, en una de sus principales fortalezas.
Los primeros pasos: la política del paisaje y el progreso
A finales del siglo XIX, mientras Francia y Suiza ya exportaban su imagen de refinamiento y bienestar, España comenzaba a descubrir el valor estratégico de sus propios paisajes.
Uno de los primeros pasos en esa dirección se produjo a comienzos del siglo XX.
Fue durante la presidencia del liberal Eugenio Montero Ríos cuando el Estado español inició la organización administrativa del turismo. Mediante el Real Decreto del 6 de octubre de 1905 se creó una «Comisión Nacional encargada de fomentar en España —por cuantos medios estuvieran a su alcance— las excursiones artísticas y de recreo del público extranjero».
La iniciativa supuso un reconocimiento temprano de que el turismo podía convertirse en una actividad de interés nacional. Para impulsar su desarrollo, se estableció además que el Ministerio de Fomento, entonces dirigido por Álvaro de Figueroa, incluyera en los Presupuestos del Estado los recursos económicos que la propia Comisión considerara necesarios para promover esa apertura de España al viajero internacional.
Aquella comisión supuso uno de los primeros intentos de articular desde el Estado una política orientada a promover España como destino para los viajeros extranjeros.
Las primeras políticas vinculadas al turismo no hablaban todavía de visitantes, sino de salud, descanso y orgullo nacional. El Estado aprobó normas para declarar «aguas de utilidad pública», dando impulso a los balnearios de La Toja (Pontevedra), Archena (Murcia), Panticosa (Huesca) o Lanjarón (Granada), frecuentados por aristócratas, militares y dirigentes políticos.
El ferrocarril, promovido por los gobiernos liberales, conectó el interior con las costas. San Sebastián, Santander o San Lorenzo de El Escorial se consolidaron como destinos de elegancia y veraneo cortesano. Sin pretenderlo del todo, la política estaba convirtiendo el ocio en símbolo de modernidad y progreso.
El verdadero salto llegó con Alfonso XIII. En 1911, mediante Real Decreto, se creó la Comisaría Regia del Turismo y de la Cultura Artística, dirigida por el marqués de la Vega-Inclán, una figura esencial y, sin embargo, poco reivindicada en la historia del turismo español.
Vega-Inclán entendió algo decisivo: el turismo era una herramienta cultural, económica y diplomática. Restauró monumentos y promovió los primeros carteles oficiales de promoción exterior. En ellos podía leerse: «Venid a España: país de historia y de luz».
Aquello no fue solo propaganda. Fue una declaración de intenciones.
Fue el primer intento consciente de construir una marca país.
La dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República
Durante la dictadura de Primo de Rivera el turismo comenzó a recibir una atención institucional más estructurada por parte del Estado. En 1928 se creó el Patronato Nacional del Turismo, organismo encargado de coordinar la promoción del país, mejorar la información al viajero y preparar a España para una actividad turística que empezaba a percibirse como una oportunidad económica y cultural.
Entre sus iniciativas más destacadas se encontraba el impulso a la red de Paradores y Albergues de Carretera, concebida para ofrecer alojamiento de calidad en lugares de especial valor histórico o paisajístico donde apenas existía infraestructura hotelera privada. El primero de estos establecimientos, el Parador de Gredos, abrió sus puertas en 1928 y se convertiría con el tiempo en el origen de una de las redes hoteleras públicas más singulares del mundo.
Tras la proclamación de la Segunda República en 1931, el Patronato Nacional del Turismo fue objeto de diversas reorganizaciones administrativas, reflejo de la intensa inestabilidad política del periodo. A pesar de algunos avances en promoción turística y en la ampliación de la red de paradores, el desarrollo del sector se vio condicionado por el contexto internacional de crisis económica y por las tensiones políticas internas que desembocarían finalmente en la Guerra Civil de 1936.
El franquismo y la diplomacia del turismo
La Guerra Civil interrumpió aquel impulso, y la autarquía de los primeros años del franquismo sumió al país en un profundo aislamiento internacional.
Pero años más tarde, a comienzos de los años cincuenta, una nueva estrategia comenzó a abrirse paso: si España no podía integrarse aún plenamente en los grandes circuitos políticos y económicos europeos, sí podía hacerlo a través del turismo.
En 1951 se creó el Ministerio de Información y Turismo, bajo la dirección de Gabriel Arias-Salgado, institucionalizando por primera vez el turismo como política de Estado. Era un paso decisivo: el ocio dejaba de ser una consecuencia del desarrollo para convertirse en herramienta del propio desarrollo.
El verdadero giro estratégico llegó en 1962, con la llegada de Manuel Fraga Iribarne al ministerio. Con él, el turismo adquirió una dimensión claramente diplomática. Fraga comprendió que el turismo podía ser la vía más rápida y eficaz para conectar a España con Europa y suavizar su aislamiento político.
«Si el país no puede exportar máquinas, exportemos sol y simpatía», resumía aquella filosofía.
Bajo su gestión se consolidó la campaña «Spain is different», una de las más célebres de la historia publicitaria europea. Los carteles, de colores vivos y tipografía moderna, proyectaban una España exótica, alegre y vital. Era una imagen simplificada, sin duda, pero extraordinariamente eficaz.
Millones de turistas del norte de Europa comenzaron a llegar atraídos por el clima, los precios y una sensación de libertad que contrastaba con sus propios inviernos grises.
El turismo se convirtió así en la gran diplomacia discreta del régimen: una puerta abierta cuando otras permanecían cerradas.
El turismo se convirtió en el gran embajador de España.
En 1959 llegaron 4 millones de visitantes; en 1975 ya superaban los 30 millones. En apenas quince años, el país transformó su fisonomía y su estructura económica. Se construyeron carreteras, aeropuertos y hoteles; nacieron escuelas de hostelería, cuerpos profesionales de guías y toda una nueva generación de empresarios vinculados al ocio y los servicios.
El turismo no solo traía divisas: traía modernización.
Cambió el paisaje, cambió las costumbres y cambió la mentalidad de un país que empezaba a abrirse al exterior.
Fue también la época dorada de los Paradores Nacionales, concebidos como emblemas de un Estado que quería proyectar orden, patrimonio y modernidad. Castillos, monasterios y edificios históricos se convirtieron en alojamientos que unían identidad y estrategia.
El turismo se institucionalizó. Se profesionalizó. Se convirtió en política estructural.
Y, como toda gran política de Estado, tuvo también sus gestos simbólicos.
El célebre baño de Manuel Fraga junto al embajador de Estados Unidos, Angier Biddle Duke, en la playa de Quitapellejos, en Palomares (Almería), tras el accidente nuclear de un avión estadounidense en 1966, fue una de las primeras grandes operaciones de marketing político moderno.
Ante las cámaras internacionales, el ministro se adentró en el mar con un mensaje tan sencillo como contundente: «España es segura».
Aquel gesto —a medio camino entre la diplomacia y la propaganda— condensó toda una época: política, turismo e imagen internacional fundidos en una sola escena.
Democracia, descentralización y Europa: el turismo moderno
Con la llegada de la democracia, el turismo pasó a ser una competencia fundamentalmente asumida por las comunidades autónomas, mientras el Estado mantenía funciones de coordinación y promoción exterior.
Fue una etapa de pluralidad, modernización y diversificación.
A partir de los años 80, las comunidades autónomas comenzaron a desarrollar sus propias estructuras de promoción turística, adaptando la oferta a la identidad y singularidad de cada territorio.
La entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1986 marcó otro punto de inflexión. Los fondos europeos, especialmente el FEDER y posteriormente los de Cohesión, permitieron modernizar infraestructuras clave como aeropuertos, autopistas y puertos, así como recuperar centros históricos y desarrollar nuevas rutas culturales.
Programas como LEADER y PRODER impulsaron el turismo rural y contribuyeron a revitalizar amplias zonas del interior, mientras que las políticas europeas fueron incorporando progresivamente la sostenibilidad y la accesibilidad como ejes fundamentales del desarrollo turístico.
El gran escaparate político y turístico de España llegó en 1992, con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla. Dos eventos de Estado que marcaron un antes y un después: el país se presentó al mundo con una imagen renovada, creativa y cosmopolita.
El turismo se consolidó entonces como una auténtica herramienta de diplomacia pública. Las imágenes de la ceremonia inaugural de los Juegos, seguidas por millones de espectadores en todo el mundo, se convirtieron en una de las campañas de promoción más eficaces de nuestra historia reciente.
Del siglo XXI a la pandemia: el turismo como prioridad política
El siglo XXI trajo nuevos retos… y también una nueva forma de entender el turismo.
Dejó de medirse únicamente en número de visitantes para empezar a evaluarse en términos de calidad, competitividad y sostenibilidad. El foco se desplazó: ya no se trataba solo de crecer, sino de hacerlo mejor.
Las políticas públicas incorporaron conceptos que hasta entonces ocupaban un segundo plano: digitalización, inteligencia turística, gobernanza compartida, desestacionalización, accesibilidad o respeto medioambiental. El turismo entró de lleno en la agenda estratégica del país.
Planes e iniciativas vinculadas a la modernización del sector —desde las estrategias nacionales hasta los fondos europeos— impulsaron un enfoque más transversal, coordinando al Estado con las comunidades autónomas y alineando al sector público con el privado. El turismo dejó de ser únicamente promoción exterior para convertirse también en planificación territorial, innovación tecnológica y política económica estructural.
España consolidaba así su liderazgo internacional no solo por volumen, sino por modelo.
La pandemia de 2020 puso a prueba esa arquitectura.
El cierre de fronteras y la paralización de la movilidad internacional evidenciaron, de forma abrupta, hasta qué punto el turismo era un pilar estratégico del país. Las decisiones políticas en materia de ayudas, financiación, coordinación sanitaria y reactivación marcaron la capacidad de resistencia del sector.
El turismo dejó entonces de ser una cuestión sectorial para convertirse, sin discusión, en una auténtica cuestión de Estado.
Porque cuando el turismo se detiene, no se resiente solo una actividad económica: se resienten el empleo, el equilibrio territorial y la proyección internacional de España.
El turismo como política del futuro
Hoy, el turismo se sienta de lleno en la agenda política nacional.
Se debate en las Cortes Generales, en las Comunidades Autónomas, se estudia en Bruselas, se negocia en los ayuntamientos. Los desafíos son claros: sostenibilidad, vivienda, transporte, equilibrio entre residentes y visitantes, formación, inteligencia turística, digitalización y competitividad global.
Cada destino, cada plan estratégico, cada normativa sobre viviendas turísticas o aerolíneas de bajo coste es una decisión política que moldea la España del mañana. Y, sin embargo, el turismo sigue siendo, en demasiadas ocasiones, el gran olvidado del debate estructural.
El turismo es, en efecto, un oro silencioso. No siempre ocupa titulares. No siempre protagoniza debates ideológicos. Pero sostiene millones de empleos, equilibra territorios, fija población y conecta a España con el mundo cada día, siendo la mejor carta de presentación.
Y merece ser tratado como lo que es: una cuestión de Estado.
Quien ha trabajado dentro del sector sabe que nada sucede por casualidad. Cada dato, cada vuelo, cada reserva, cada sonrisa… está sostenida por decisiones públicas, por planificación, por visión. Cuando la política acierta, el turismo crece. Cuando improvisa o descuida, el turismo sufre.
El futuro exigirá líderes capaces de entender que el turismo no es un fenómeno estacional ni una cifra coyuntural, sino una estrategia nacional a largo plazo.
Esto implica no poner trabas innecesarias, sino apoyar activamente al sector; invertir en infraestructuras; simplificar marcos regulatorios; fomentar la innovación, la formación y la digitalización; y garantizar que la actividad turística se integre de manera equilibrada en la vida social y urbana.
El turismo multiplica impactos: genera empleo, impulsa economías locales, protege y pone en valor el patrimonio, promueve la cultura y fortalece la marca país. Restarle prioridad política es renunciar a una ventaja competitiva que otros países, con visión estratégica, no dudan en proteger y potenciar.
Una política turística inteligente no se limita a gestionar crisis o estadísticas. Crea condiciones para prosperar. Anticipa retos. Acompaña y escucha al sector. Refuerza su sostenibilidad. Y lo convierte en herramienta de cohesión territorial y proyección internacional.
Porque el turismo nunca ha sido un problema estructural en España; ha sido, históricamente, una solución.
Ha sido solución económica cuando faltaba industria.
Ha sido solución diplomática cuando faltaban aliados.
Ha sido solución social cuando faltaban oportunidades.
El turismo no es una actividad complementaria. Es una política estructural de país.
España no sería lo que es sin las decisiones valientes que apostaron por abrir sus puertas al mundo.
Y no seguirá siéndolo si no asume, de una vez por todas, que el liderazgo turístico no se hereda ni se improvisa: se planifica, se protege y se gobierna con visión de Estado.
Cuando el éxito exige gobierno
España vuelve a batir récords turísticos con frecuencia casi habitual. Las cifras de visitantes, gasto y empleo confirman que el país sigue ocupando una posición de liderazgo mundial. Es motivo de orgullo colectivo y prueba del talento acumulado durante décadas.
Pero el éxito no se gobierna solo.
El crecimiento sostenido no puede descansar únicamente en la fortaleza de nuestra marca, en el atractivo natural del territorio o en la profesionalidad del sector. Requiere planificación, anticipación y dirección estratégica. Porque cuando el crecimiento no se ordena, puede transformarse en tensión; cuando no se planifica, puede convertirse en sobrecarga; cuando no se gobierna, puede diluir el liderazgo que tanto costó construir.
El verdadero desafío no es atraer más visitantes, sino gestionar mejor su impacto. No se trata solo de sumar cifras, sino de administrar flujos, reforzar infraestructuras, coordinar administraciones y garantizar que el progreso turístico no comprometa la calidad de vida de los residentes ni la experiencia del viajero.
España no compite entre sus comunidades autónomas. Compite con otras grandes potencias turísticas que están reforzando su gobernanza, simplificando marcos regulatorios y planificando inversiones con visión de medio y largo plazo. El liderazgo internacional no se mantiene por inercia; se consolida con reformas, estabilidad normativa y capacidad de adaptación.
Gobernar el éxito significa entender que el turismo no es una industria accesoria, sino una auténtica política estructural de Estado. Representa una parte esencial de nuestra economía, de nuestro empleo y de nuestra proyección exterior. Exige seguridad jurídica, coordinación institucional y una apuesta firme por infraestructuras estratégicas que sostengan su crecimiento con equilibrio.
Implica también profesionalizar de forma permanente el sector, invertir en formación y dignificar el empleo. La excelencia no surge del azar; es el resultado de decisiones conscientes y sostenidas en el tiempo.
España ha demostrado a lo largo de su historia que sabe transformarse cuando el contexto lo exige. Hoy el reto no es crecer más a cualquier precio, sino crecer mejor: con planificación, con reformas y con una estrategia clara de país.
Los récords impresionan. Pero lo que construye liderazgo es la capacidad de administrarlos con inteligencia.
Las grandes naciones no se miden por las cifras que baten, sino por la forma en que las gobiernan para seguir liderando el mundo.
Agustín Almodóbar Barceló (Benidorm, 1 de diciembre de 1977) es profesional del sector turístico y pertenece a la cuarta generación de una familia de empresarios en la capital de la Costa Blanca. Su vida ha estado ligada al turismo desde la experiencia directa en el negocio familiar hasta la responsabilidad institucional y la reflexión estratégica sobre el modelo turístico español.
Desde 2008 forma parte de las Cortes Generales, donde ha representado a la provincia de Alicante en el Senado y en el Congreso de los Diputados. Ha ejercido como portavoz parlamentario en materia de turismo y como responsable nacional del Partido Popular en esta área, consolidándose como una de las voces políticas de referencia en la defensa del turismo como auténtica política de Estado.
Turismo. El oro silencioso que sostiene a España es su primer libro y nace de esa doble condición: la del profesional que conoce el sector desde dentro y la del hijo de una tierra que aprendió que recibir al mundo no es solo una industria, sino una forma de vida.