Edición: Jueves 2 abril 2026

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El transporte aéreo ante la tormenta perfecta

La guerra en Oriente Medio y el bloqueo del estrecho de Ormuz han desencadenado un shock sistémico que impacta simultáneamente en la operativa, los costes y la demanda.

TRIBUNA DE OPINIÓN 

ROBERT LANQUAR

El transporte aéreo atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente, atrapado entre una nueva crisis geopolítica en Oriente Medio, una escalada sin precedentes del precio del petróleo y un entorno estructural lleno de incertidumbres. Sin embargo, en paralelo, los principales organismos internacionales del sector mantienen previsiones de crecimiento sostenido a largo plazo, lo que dibuja un escenario de fuertes tensiones a corto plazo, pero con perspectivas expansivas de fondo. 

La guerra en Oriente Medio y el bloqueo del estrecho de Ormuz han desencadenado un shock sistémico que impacta simultáneamente en la operativa, los costes y la demanda. Según datos recientes, el precio del queroseno se ha duplicado en pocas semanas. Este encarecimiento tiene consecuencias directas sobre la rentabilidad de las aerolíneas, en un sector donde el combustible ya representaba más del 25% de los costes operativos antes de la crisis. 

Con márgenes medios del 4%, el sector no tiene capacidad para absorber un incremento de tal magnitud, lo que ha obligado a trasladar parte del impacto al consumidor mediante el aumento de tarifas. Esta dinámica amenaza con tensionar la demanda, especialmente en los segmentos más sensibles al precio, como el turismo vacacional. 

Pero el impacto no se limita al coste del combustible. La crisis ha alterado profundamente la geografía del transporte aéreo global. Los grandes hubs del Golfo, Dubái, Abu Dabi y Doha, que en la última década se habían consolidado como nodos esenciales de la conectividad intercontinental, han visto desplomarse su actividad. En algunos casos, el tráfico se ha reducido a una fracción de sus niveles habituales, con vuelos operando con ocupaciones inferiores al 20%. 

Este colapso tiene implicaciones globales. Más del 75% de la población mundial se encuentra a menos de ocho horas de vuelo de estos hubs, lo que los convierte en piezas clave del sistema aéreo internacional. Su debilitamiento genera un efecto dominó que afecta a las rutas Europa-Asia, uno de los principales ejes del tráfico mundial. 

A ello se suma el cierre o la restricción de múltiples espacios aéreos. Actualmente, más de una veintena de países presentan alertas de seguridad para la aviación civil, lo que obliga a rediseñar rutas, aumentar tiempos de vuelo y, en consecuencia, elevar aún más los costes. En algunos trayectos entre Europa y Asia, los vuelos se han alargado hasta un 25%, incrementando el consumo de combustible y reduciendo la eficiencia operativa. 

En este contexto, las aerolíneas afrontan una triple presión: costes disparados, complejidad operativa y una demanda potencialmente debilitada por el encarecimiento de los billetes con inquietudes geopolíticas. Las compañías europeas cuentan con cierto margen gracias a sus políticas de cobertura de combustible, pero este colchón es temporal. En cambio, las aerolíneas estadounidenses ya han cuantificado impactos inmediatos de cientos de millones de dólares. 

El futuro en cuestión

Sin embargo, frente a este panorama adverso, los datos de tráfico ofrecen una lectura más matizada. Según el Consejo Internacional de Aeropuertos (ACI) europeo, el tráfico de pasajeros sigue mostrando signos de densificación. A más largo plazo, las previsiones son aún más contundentes. ACI anticipa que el tráfico mundial podría duplicarse de aquí a 2045, superando los 20.000 millones de pasajeros en las próximas dos décadas. Este crecimiento estará impulsado principalmente por Asia-Pacífico, África y Oriente Medio, regiones con un fuerte potencial de expansión demográfica y económica. 

No obstante, el propio ACI advierte de riesgos estructurales que podrían limitar este crecimiento. Entre ellos destacan la volatilidad energética, las tensiones geopolíticas recurrentes, las limitaciones de capacidad aeroportuaria y las crecientes exigencias medioambientales con el rechazo del uso del transporte aereo. La crisis actual pone de manifiesto la vulnerabilidad del modelo aéreo a los shocks externos, especialmente en lo que respecta a la dependencia del petróleo.  

A pesar de los avances en eficiencia y sostenibilidad, el sector sigue ligado a los combustibles fósiles, lo que lo expone a la volatilidad de los mercados energéticos.En este sentido, la transición hacia combustibles sostenibles de aviación (SAF) se presenta como una prioridad estratégica. Sin embargo, su despliegue a gran escala aún enfrenta importantes barreras, tanto en términos de coste como de capacidad de producción. La actual crisis podría acelerar esta transición, pero también encarecerla en el corto plazo. 

Otro elemento clave es la reconfiguración de las rutas globales. La pérdida temporal de centralidad de los hubs del Golfo podría beneficiar a aerolíneas europeas y asiáticas, que buscan recuperar cuota en las conexiones entre continentes. Sin embargo, esta reconfiguración no será sencilla ni inmediata, dado el peso estructural que estas plataformas han adquirido en el sistema. 

Además, las restricciones de espacio aéreo y la fragmentación geopolítica están generando distorsiones competitivas. Algunas aerolíneas, como las chinas, mantienen acceso a determinadas rutas prohibidas para sus competidoras occidentales, lo que les otorga ventajas operativas y de costes. En paralelo, la demanda sigue mostrando una notable capacidad de adaptación. A pesar del aumento de precios, el deseo de viajar continúa siendo elevado, especialmente en segmentos de alto valor añadido y en mercados emergentes. Esto sugiere que, si bien el crecimiento puede ralentizarse, no se verá necesariamente revertido. 

En definitiva, el transporte aéreo se enfrenta a una “tormenta perfecta” en el corto plazo, marcada por la combinación de crisis energética, tensiones geopolíticas y disrupciones operativas. Sin embargo, sus fundamentos estructurales permanecen sólidos. 

El reto para el sector será gestionar esta volatilidad sin comprometer su capacidad de crecimiento a largo plazo. Esto implicará acelerar la transición energética, reforzar la resiliencia operativa y adaptarse a un entorno geopolítico cada vez más fragmentado. 

Como ya ocurrió tras el 11-S, la crisis financiera de 2008 o el COVID-19, la aviación comercial volverá a transformarse. La diferencia es que, en esta ocasión, la transformación no solo será coyuntural, sino también estructural. Y en ese proceso, la gestión del riesgo energético y geopolítico será muy determinante. 

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